El mundo

Mi primera obra de arte. Estas palabras llevan retumbando años en mi cabeza. Supuestamente hay dos métodos de creación: comenzar a buscar un concepto y trabajar plásticamente sobre él, o el contrario, dejarse llevar por un impulso plástico y poco a poco encontrar qué concepto contiene. Lo intenté todo, pero ninguna obra me hacía sentir satisfecha, pues no la sentía del todo sincera, y para mí una buena artista hace las cosas sinceramente, desde su corazón. Siento repudio por los artistas que analizan qué se está vendiendo en el mercado del arte y en base a eso construyen su obra. En esos procesos de creación no hubo ni un momento de sinceridad, la obra no se convierte en una ventana del alma.

Cuando entré a estudiar arte ingenuamente sólo sentía que era el camino para la liberación y poco a poco me fui dando cuenta que como artista estaré tan o más encadenada al sistema que cualquiera. El mercado del arte y los artistas que se venden me duelen muy adentro.

La tesis se me comenzó a parecer mucho a esa triste realidad del arte. Sentía que la mayoría de personas, buscando graduarse de la universidad, resolvían o resuelven la tesis como si fuera un problema matemático. Como si fuera para la gente, para el director, para los jurados, para los espectadores, para los padres, para obtener una nota, un diploma, para el sistema y no para una misma. Lo único que tuve claro en ese momento fue que quería una tesis sincera, que fuera para mí, para lo que yo quiero en mi vida, no para demostrarle nada a nadie.

 

El nido

Comencé a sentirme agobiada por el ritmo citadino, sentía que la ciudad del caos no dejaba fluir mis ideas. Entendí que me quería ir lejos de Bogotá. Lo comenté con mi padre que vive en Sopó y en ese momento me hizo un regalo que cambió mi vida: un lote para poder cumplir mi sueño. Así decidí que quería hacer una casa en el campo, quería hacerla toda con mis manos y que ésa fuera mi tesis. La creación de un espacio seguro en donde pudiera vivir y respirar aire puro, ideas puras y así comenzar con la verdadera creación de mi obra, de mi arte.

En ese momento tuve una revelación con los nidos de los pájaros, quería hacer un nido para mí y así ser una mujer pájara que poco a poco va construyendo su lugar. Se puede vivir muy bien y en armonía con lo mínimo, no entiendo por qué nos han enseñado que tenemos que tener tantas cosas innecesarias y tantas necesidades inventadas. Evidentemente no tenía el dinero para construir una casa desde ceros. Necesitaba tener la calma para hacer cada cosa a su tiempo. Cuando era una niña mi papá me construyó una casita de muñecas que mide dos metros por dos metros y donde aún quepo parada. Me pareció el lugar perfecto para tener paredes y no sentir frío al dormir, acurrucandome como cualquier animal lo hace en su nido. Nunca me imaginé que iba a terminar viviendo, o durmiendo en la casita en la que algún día soñé con ser grande. Además por coincidencias hermosas de la vida o del destino, desde antes de que mi padre llegara a la finca, el lote ya tenía un horno de leña y un lavamanos de cemento.

La casita de dos por dos, un lavamanos suelto en la mitad de un lote y un horno de cemento que nadie había usado durante décadas, terminaron siendo mi casa. La casa es una extensión de mi ser, una parte de mí y yo una parte de ella. Constantemente estamos en un diálogo de necesidades que van apareciendo día a día con la vida. Yo las siento, ella me las dice y al otro día me levanto a resolverlas.

Cocinábamos en el horno, dormíamos en el piso de la casita, la luz en la noche la hacíamos con velas y con antorchas, para ir al baño hacíamos huecos por el lote y los tapábamos con tierra.  Quise que cada baldosa, cada plato, cada pocillo que habitara esa casa fuera hecho por mí. Comencé haciendo las baldosas, que forrando el lavamanos gris, se convertirían en la cocina. Cavé poco a poco, gota tras gota de sudor, el que sería mi gran sofá con forma terrestre. Conseguí en la tienda vecina los residuos de noches enteras de cerveza de los habitantes del campo. Con esas tapas de cerveza clavé una malla de gallinero en la tierra, superficie que pocos días después se convertiría en la única pequeña pared que rodea la casa. El cemento, mis manos y unos guantes amarillos de lavar loza fueron los instrumentos con los que esta especie de pared comenzó a existir. 

Se ve una casita de muñecas y es un cuarto, se ve un lavaplatos que es la cocina, un horno de leña y un horno de cerámica son el corazón de mi nido. Mi casa es un ser que respira conmigo.  Ahí me di cuenta de que mi casa no es mi tesis, mi casa es mi casa.

 

El arte

Comenzar a vivir completamente sumergida en ella me hizo darme cuenta que mi proyecto no trata de ser una obra de arte, lo que busca es plantear que el arte es un estilo de vida. Que el arte es vida. Que el arte no se reduce a una obra. Día a día al levantarme y al acostarme vivo inmersa en mi casa, en mi arte. A veces hago cerámica, a veces leo, a veces escribo, a veces dibujo, a veces pinto. Crezco.

El arte es revolución y la revolución, el cambio y la utopía siguen en el campo. Plantar lo que como, dejar de comprar carne en bandeja de icopor a las multinacionales que nos venden en los supermercados se convirtió en parte esencial del proyecto. Comenzar una huerta, plantar árboles y flores mientras el Amazonas se incendia, me hace sentir que algo estoy haciendo por el mundo, por mí. Hacer el jardín en el lote, llena cada día más la casa de vida. Los artistas además de pintar jardines también pueden hacerlos. Tener conejos, regar las plantas, prender fuego para comer, vivir bajo la luz de las velas, barrer la tierra, trapear la lluvia, lavar los platos después de comer, ir todos los domingos a la plaza de mercado, teñir hilos de algodón con frutas para bordar el techo, tejer mi ropa con cúrcuma, se vuelve una rutina mágica que le da energía a toda la semana.

Mi casa y yo vivimos en un rito permanente. Juntas cambiamos de piel y el arte nos acompaña.

Nuestra intimidad, a veces, abre sus puertas a otros seres para nuevos espacios de creación y por eso, mi casa es tu casa.

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The world
My first artwork. These words have been ringing in my head for years. Supposedly there are two creative methods: to start looking for a concept and work on it plastically, or on the contrary, to let yourself free with a plastic impulse and gradually find out what concept it contains. I tried everything but I wasn't satisfied because I didn’t feel completely sincere, and for me a good artist does things sincerely, from her heart. I feel disgust for artists who analyze what is being sold in the art market and build their work on that basis. In these processes of creation there wasn't a moment of sincerity, the work does not become a window to the soul.
When I started my art studies, I naively felt that art was the way to freedom but I realized that, as an artist I will be chained to the system like everyone. 
I started to feel that thesis was also a part of this art world reality. I felt that people, solved the thesis as if it was a mathematical problem. As if the thesis was for the people, for the director, for the juries, for the spectators, for the parents, to get a grade, a diploma, for the system and not for themselfs. The only thing I knew at the time was that I wanted a sincere thesis, one that was for me, for what I want in my life, not to prove anything to anyone.

The nest
I began to feel overwhelmed in the city, I felt that the city did not let my ideas flow. I understood that I wanted to go away from Bogotá. I discussed it with my father who lives in Sopó and at that moment he gave me a gift that changed my life: a piece of land. So I decided that I wanted to make a house in the countryside, I wanted to make it all with my hands. The creation of a safe space where I could live and breathe pure air, pure ideas and so start with the real creation of my work, of my art.
At that moment I felt like a birdwoman building her own nest. It is possible to live in harmony with the minimum. I do not understand why we have been taught that we have to own so many unnecessary things and so many invented needs. I didn’t have the money to build a house from scratch. When I was a little girl my dad built me a dollhouse that measures two meters by two meters and where I can still stand. I thought it was the perfect place to have walls and not feel cold while I sleep. The perfect place to curl up like an animal in its nest. I never imagined that I would end up living in the little house where I once dreamed I was a big woman. Besides, by beautiful coincidences of life or destiny, the lot already had an oven and a cement sink.
The little house, a sink in the middle of nature and an oven that no one had used for decades, ended up being my home. The house is an extension of my being, a part of me and I a part of it. We are constantly in a dialogue of needs that are appearing day by day with life. 
We cooked in the oven, slept on the floor, light the night with candles, to go to the bathroom we made holes and covered them with earth. I wanted every tile, every dish, everything that lived in that house to be made by me. I started making the tiles that would become the kitchen. I dug little by little, drop after drop of sweat, what would be my large earth sofa. Cement, my hands and yellow washing gloves were the instruments with which this kind of wall began to exist.
You see a dollhouse and it’s a room, you see a dishwasher which is the kitchen, a wood-burning oven and a ceramic klin are the heart of my nest. My house is a being that breathes with me.

Art

Living completely immersed in it made me realize that my project is not about being a work of art, what it seeks is to propose that art is a way of life. That art is life. That art is not reduced to a work. Day by day I live immersed in my home, in my art. 

Art is revolution and revolution, change and utopia are still on the nature. Planting what I eat, stopping buying meat on an icopor tray from the multinationals became an essential part of the project. Starting an orchard, planting trees and flowers while the Amazon burns, makes me feel like I’m doing something for the world, for me. Doing the garden on the lot, fills the house with life. Artists in addition to painting gardens can also do them. Having rabbits, setting fire to eat, living under a candlelight, sweeping the earth, moping the rain, washing dishes after lunch, going every Sunday to the farmers market, dyeing cotton threads with fruits to embroider the roof, weaving my clothes with turmeric, it becomes a magic routine that gives energy to the whole week.
My house and I live we in a permanent rite. Together we change skin and art accompanies us.
Our intimacy, opens its doors to other beings for new spaces of creation and for that reason, mi casa es tu casa.

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